Revista Vitis Magazine

VILLALOBOS CARIGNAN 2009
Nace de parras de más de 80 años que crecen en forma silvestre en el secano de Lolol. Color tenue.
Notas de flores y hierbas. Grosellas rojas, moras y frutillas. Con todas las virtudes y defectos de su vinificación artesanal. Original y chispeante.

A MI MANERA
En Lolol, en el llamado Valle de los Artistas, la familia Villalobos es propietaria de casi 5 hectáreas de antiguas parras de Carignan que crecen en estado salvaje junto a quillayes, boldos, maitenes, zarzamoras y rosas mosqueta. Un viñedo de secano que estuvo abandonado por décadas y que hoy es la cuna de uno de los vinos más originales de la escena chilena.

Los sarmientos de las vides se aferran a las ramas de los árboles, escribiendo una historia de tenacidad y sobrevivencia.
“Nos dimos cuenta que teníamos un diamante en bruto: las únicas viñas de Carignan de la zona que sobrevivieron a los arranques y su posterior
substitución por cepajes más comerciales”, dice Rolando Villalobos, quien junto a su padre –el escultor Enrique Villalobos–, su madre Rita y
sus hermanos Martín y Alejandro, se han empeñado en dar a conocer al mundo este vino que parece haber escapado de un museo.
Todas las labores del campo se hacen a caballo, respetando la más antigua tradición colchagüina. Es una viticultura orgánica en el más amplio
sentido de la palabra, que va más allá de las certificaciones y de las acciones de marketing. Las uvas se fermentan en bins con levaduras nativas y
se trata de evitar al máximo la adición de sulfuroso.
“Nos decían de todo: ‘Hazlo con Tintorera para profundizar su color.
Hazlo con chips para darle un toque de vainilla. Hazlo con barricas nuevas para que tenga más cuerpo y notas de madera’. Pero no hicimos caso
y decidimos hacer el vino en forma natural. Un vino tenue, delgado, con bajo contenido alcohólico. Un vino que realmente representara la viña”,
explica Rolando.
A diferencia de los garajistas bordeleses, amigos de las concentraciones y de las barricas nuevas, estos vinos son austeros en madera, pero con
mucho carácter frutal. Según Derek Mossman, la barrica debe ser lo más neutral posible para destacar la esencia del terroir. “No hay otra forma:
hay que hacerlo con barricas viejas”, sonríe. “El presupuesto no nos da para más. Es lo que sale. El vino no es sucio. Tiene la pureza de la fruta
bien marcada, pero también puede tener un toquecito extraño, complejo, de esos que no se certifican”.
Su proyecto comenzó hace 11 años con sólo 7 millones de pesos y de a poco ha ido evolucionando. “Con la venta de mis acciones de Concha
y Toro”, dice en broma. El garajista odia hablar de crecimiento. Prefiere hablar de variabilidad. De mostrar cosas diferentes. Hoy embotella pequeñas producciones tintas de Maipo Alto y se pierde, sueña y se fascina con el Carignan del Maule profundo, dándose el lujo de vinificar hoy dos partidas de Sauzal y Reserva de Caliboro.
Para todos estos garajistas a la chilena la idea es crecer, pero nunca tanto. Andrés Costa, por ejemplo, se conforma con que la viña no le genere
gastos. Lo más importante es no hacer más de lo mismo, de marcar diferencias en los mercados con un producto que sea capaz de hacerse
escuchar con un discurso no aprendido, genuino, diverso y en constante proceso de aprendizaje. “Los vinos de garaje generan la esperanza de que podamos ser de una vez por todas un país vitivinícola. Hoy, lamentablemente, sólo somos productores de vino”, afirma.

Revista Vitis Magazine Número 40: leer

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